jueves, 22 de diciembre de 2011

31 Minutos presenta: Mburu


Hasta hace no más de un año, apenas y sabía de la existencia del programa 31 Minutos. Si bien estaba enterado que era una serie chilena acerca de un noticiario presentado por simpáticas marionetas, nunca me sentí del todo atraído hacia ella. De vez en cuando escuchaba a niños y personas de mi edad hablando sobre lo maravilloso de esta emisión, imitando algún personaje o cantando alegres canciones. Ocasionalmente llegué a toparme con su transmisión en canal 11, pero nunca permanecí viéndolo más de cinco minutos. Después conocí a Tania, se hizo mi novia y me llevó a ver “31 Minutos, La Película”. Desde entonces me volví fan.

Hace más o menos un año, cada que puedo veo el programa. Aun no soy del todo experto y no reconozco ni a la mitad de los personajes, pero ya me identifico con el concepto y ritmo de la emisión. Una producción inteligente, dirigida a un público infantil, pero que resulta igual o más interesante para los adultos. Por eso, cuando nos enteramos que el elenco de 31 Minutos venía a México a presentarse con la obra de teatro ‘Resucitando una estrella’ no lo pensamos dos veces y adquirimos los boletos cuanto antes.

La puesta en escena superó nuestras expectativas. Siguiendo la esencia de la serie televisiva, la magia de ver a los personajes de 31 Minutos en directo fue sensacional e imperdible para cualquier fanático del programa. Antes de salir, en la tienda del teatro vendían un libro titulado ‘Mburu’, una especie de cómic-novela gráfica que forma parte de los libros que han sido publicados acerca del show televisivo. Obvio lo compramos de inmediato. Obvio, lo leí en menos de una hora. Obvio me encantó.

‘Mburu’ es un libro divertido y bien hecho. Además de estar ilustrado con un estilo que lo hace atractivo y original, la historia es una maravilla. Irreverente, aleccionadora, manejando de manera exacta el humorismo. Una joya para verse una y otra vez que tiene como protagonista a Juan Carlos Bodoque (mi personaje favorito, ídolo de toda la vida), quien en la búsqueda de un reportaje que lo haga recuperar su estropeada credibilidad como periodista de televisión, se topa con Mburu), el último conejo verde de la historia. Bodoque, sediento de fama, reconocimiento y dinero para pagar sus deudas contraídas por su adicción al juego, decide llevar a Mburu a la civilización, lo cual acaba por cambiar el destino de todo el elenco de todo el equipo de 31 Minutos.

Y ya, no quiero contarles más. La trama da varios giros inesperados en su historia y cada una de sus más de 50 hojas consigue sorprender al lector. Si eres fan de 31 Minutos no dejen de buscarlo. Es como ver un capítulo de larga duración, pero con las ventajas narrativas que ofrece una novela gráfica.

¡Yo nunca vi televisión…!


domingo, 18 de diciembre de 2011

Por el puro gusto de volverte a ver


Mi cena de graduación de la Universidad fue un 17 de diciembre del 2004. Justamente siete años después me volví a encontrar con varios compañeros y amigos con los que durante mi carrera compartí clases, fiestas y locuras. Dicen que el tiempo pasa y no perdona. Por fortuna a nosotros nos permite vernos como si todo éste tiempo sin vernos hubiera sido un suspiro. En esencia seguimos siendo los mismos.

Desvelado y jodido. En estas condiciones intento escribir éste post. Ya no estoy para éste tipo de fiestas ni para llegar a casa hasta las 7 de la mañana. Sin embargo valió la pena. Siempre será un gusto reencontrarse con la gente que se aprecia y descubrir que hay lazos tan fuertes que ni la distancia ni los años pueden quebrar.

- Gabriel, estás igualito, no has cambiado. Me dijo una amiga cuando me acerqué a saludarla. No sé que tanto lo haya dicho por compromiso o si en verdad me he conservado. Quizá esté más gordo, un poco arrugado y ya no tenga la jovialidad de antes, pero intento que el interior de mi corazón permanezca lo más incorruptible posible. Incluso sigo sin saber cómo o qué hacer cuando me ponen a bailar en las fiestas.

No sé cómo me vieron los demás, pero yo percibí a todos como si 7 años en realidad hubieran sido un segundo. Las mismas risas y personalidades de antaño. La misma camarería, las mismas miradas cómplices, el mismo sentimiento de estar en familia al platicar o abrazar a esos que por mucho tiempo fueron tus aliados en la batalla. Ya no corrió como antes el alcohol. Tampoco fue una jornada maratónica de baile o de ver quién se ligaba a quién. Más bien fue una celebración por el puro gusto de compartir de nueva cuenta el mismo espacio. Porque al juntarnos redescubrimos quienes fuimos y recobramos fuerzas para seguir adelante.

Quizá nuestros temas de conversación hayan cambiado un poco. Ahora el futuro parece mucho más importante que la inmediatez del presente, ese que tan seductor nos parecía hace años. La noche se nos fue mezclando recuerdos de lo vivido con ponernos al día con nuestras vidas. Y hoy, casi veinticuatro horas después del reencuentro sólo puedo decir que 'vaió la pena’. Fue un placer hacer éste breve viaje a mis días universitarios y sonreír al saber que esos recuerdos están más vivos y presentes que nunca. Por los que fueron a la reunión, por los que no pudieron ir pero no por eso se van de la mente, por todos los que conformamos el mismo destino y que en parte son los culpables de lo que hace y piensa éste que hoy escribe. Gracias generación UVM Ciencias de la Comunicación, generación 2000-2004.

Vuelvo a brindar por ustedes.



domingo, 11 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 4: La Derrota

Ayer murió mi Tamagotchi, y no me siento ni un poquito culpable. Cuando me di cuenta en la pantalla había un platillo volador balanceándose, señal de que las mascotas virtuales decidieron marcharse debido a mis malos tratos. Y es que durante día y medio no le presté ni tantita atención. Qué si el trabajo, qué si la reunión con los amigos, qué si el cansancio, qué si había que llevar a Margarito a su cita con el veterinario... y aquí es donde entra el verdadero protagonista de éste texto.

Margarito (o Margaro, como ustedes prefieran) es el nombre de mi perro. Algunos dicen que es de raza maltés, pero en realidad es producto de una extraña mezcla, por lo que clasificarlo sería un tanto difícil. Tiene 12 años y vive en mi casa desde que tenía un mes de nacido. Fue comprado por mi madrina en el mercado de La Lagunilla como regalo de cumpleaños para mi hermana. Desde entonces no hay día en el que éste perro no me alegre la vida.

En febrero del 2007 Margarito fue atropellado. Su cadera quedó rota en tres partes. Tuvo que ser operado para que le pusieran una placa en sus huesos y pudiera volver a caminar. Durante esos días de angustia supe lo que era el amor hacia un animal. Después de semanas muy duras Margaro se recuperó y volvió a ser el mismo. Sociable, ocurrente, inquieto a pesar de su edad, saltarín, siempre intentando correr, con un hambre voraz, y unas ganas de vivir y querer que no le caben en el cuerpo. Así es mi perro, que por si fuera poco, también derrotó a mi Tamagotchi.

Así es, si en parte no le puse mucha atención a las garrapatas virtuales de mi celular fue porque en estos momentos Margarito necesita mucho más de mí. Debido a su edad y a la placa en su cadera ha tenido varios problemas de salud. Quizá tengan que operarlo de nuevo o tener un largo tratamiento para que vuelva a estar 100 por ciento bien. Por eso ayer preferí llevar al Margaro a su cita con el veterinario en lugar de atender las peticiones repetitivas de un Tamagotchi. Es más, ni me lo llevé a pesar de que el artefacto electrónico cabe en mi bolsillo. Hasta en las mascotas hay clases y para mí, Margarito ocupa el puesto más alto.

Tener un Tamagotchi podrá ser divertido y hasta una experiencia interesante, pero jamás comparada con tener un perro. El Tamagotchi siempre llevará las de perder ante un ser que es capaz de entenderme y darme el amor más puro que pueda conocer. Basta comparar la frialdad y opacidad de una pantalla, con los ojos castaños de canica de mi perro para saber que el Tamagotchi pierde el duelo por paliza.

Reiniciaré mi aparatito japonés. Vendrán otros tres seres virtuales y los cuidaré en la medida de mis posibilidades. Sin embargo, la prioridad la tiene mi amigo peludo y abrazable, el cual ya me espera para dar uno de sus paseos en el parque. Y a seguir peleando con él para que muy pronto se cure.

Aun nos quedan muchas aventuras por delante.

Fin de las Crónicas de Tamagotchi.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 3: El retorno

Pasaron catorce años desde que tuve por última vez en mis manos un Tamagotchi. Mis días con aquel artefacto ya sólo eran un recuerdo que muy pocas veces se hacía presente. Dos años después de la destrucción de mi primer Tamagotchi, llegó a mi vida mi perro Margarito, con lo que cualquier vacío por tener alguna mascota quedó cubierta. Paulatinamente los Tamagotchis y demás aparatos de su tipo fueron desapareciendo hasta que se volvió prácticamente imposible encontrar alguno a la venta. La moda así como llegó se había ido.

Lo malo de las enfermedades y enamoramientos es que a veces quedan secuelas, y eso me pasó (guardando las distancias) con los Tamagotchis. Hace unas semanas, mientras buscaba aplicaciones para mi smartphone se me ocurrió buscar si existía alguna que fuera similar al Tamagotchi, o por qué no, una adaptación oficial. No encontré nada. Aquella idea repentina no se fue de mi mente, no podía explicarme cómo algo que había tenido tanto éxito no hubiera evolucionado hasta nuestros días.

Hace casi quince días, en una reunión casual para jugar videojuegos (materia en la cual me declaro pésimo) comenzamos a platicar sobre juguetes de nuestra niñez. Mencioné al Tamagotchi. Mi novia completó el comentario diciendo que ella también había tenido uno, pero a diferencia del mío que era azul, el suyo fue verde. Curiosamente también se lo destruyeron. Otra amiga también fue dueña otro. De pronto nos preguntábamos dónde podríamos conseguirlos de nuevo. Dos días después, de manera inesperada mientras compraba una revista en un Sanborns, mi novia me mostró lo que pensé jamás volvería a encontrarme: Un tamagotchi.

Quise comprarlo de inmediato, pero el modelo no era muy bonito, así que decidí esperar a ver más modelos en otras tiendas. Al otro día visité dos centros comerciales, una juguetería, tres tiendas, un supermercado y dos Sanborns más. No encontraba Tamagotchis por ningún lado. A punto estaba de ir a donde lo había visto el del día anterior, cuando por fin encontré lo que buscaba. Un Tamagotchi azul marino decorado con motivos cinematográficos. Lo tomé y pagué de inmediato los 370 pesos que costaba (casi lo mismo que 14 años atrás, con la diferencia de que en esta ocasión pagar esa cantidad no me afectó en lo absoluto).


Llegué a mi casa, y como una manía tonta que tengo, antes de abrir mi nueva adquisición me puse a hurgar en internet sobre mi compra. Así descubrí que en realidad los Tamagotchis no desaparecieron, sino que siguieron haciéndose en Japón. Qué había varias versiones y que la que yo me había comprado correspondía a la ‘Tamagotchi Connection V5 – Family’, el cual es de los más nuevos y tiene la particularidad de que crias no sólo una mascota virtual, sino varias, después puedes hacerlos amigos, novios o incluso generar nuevas generaciones de Tamagotchis. Según los comentarios que leí en varios portales, cada nueva edición de estos aparatitos era mejor y más adictiva que la anterior.

No necesité leer más. Abrí mi Tamagotchi de inmediato e inicié el juego. En la pantalla aparecieron tres huevecillos moviéndose. Mientras esperaba que se rompieran leí fugazmente el instructivo. Para cuando las tres pequeñas criaturas salieron del cascarón ya tenía una ligera idea de cómo usar las opciones que da el dispositivo. Alimenté a los bichos electrónicos, jugué con ellos un rato y a las 8 de la noche se durmieron. No reaccionaron hasta el otro día, justo a la hora en la que entré a trabajar, donde confieso, no les hice el menor caso. Fue hasta que salí cuando vi que las pobres se encontraban dándome la espalda, con hambre, tristes y llenas de excremento. Me sentí culpable. Desde entonces trató de darme un par de escapadas fugaces de mi horario laboral para ver ‘qué se le ofrece’ a mis pulgas digitales. Escribo estas palabras a 10 días de tener de vuelta un Tamagotchi en mi vida. Las tres garrapatas electrónicas no se me han muerto a pesar de que les dedico mucho menos tiempo que a sus antecesoras hace 14 años. Cada una de esas criaturas, que van de un lado a otro de la pantalla tenían personalidades propias: uno era un faraón, otro un mago y la niña era una rosa. Ayer sin avisarme se transformaron en una horrible familia paparazzi (no tengo ni idea de por qué). Se supone que en unos días llegarán tres nuevas mascotas virtuales a las que también criaré y después podré hacer que interactúen con las tres primeras, y de ahí hasta el infinito.

Cada vez que juego con ellas ganó dinero que puedo usar para comprarles cosas. Debo procurar que tomen clases e incluso puedo conectar mi Tamagotchi con otro (aun no me he topado con alguien más que tenga otro). Incluso puedo conectarme a internet y descargar objetos para mis mascotas virtuales (cosa que no hago porque no le entiendo nada a la página). Lo malo es que no tengo tiempo y a veces se me hace un poco idiota estar cuidando a un llavero electrónico.

Hasta ahora mi reencuentro con los Tamahotchi ha sido raro. Por un lado me emociona, por el otro me siento tonto. Saldé la deuda con el Gabriel que hace 14 años le fue arrebatado el suyo, pero el Gabriel de ahora me reclama que gastar en un juguete fue una tontería. A veces me divierte, a veces me aburre. Podría decir que en realidad el Tamagotchi me ha desilusionado pues no evolucionó casi nada y actualmente luce obsoleto, pero entonces me preguntó ¿si no te gustó, qué diablos haces dedicándole unos post de tu blog?

Por ahora tengo y cuido un Tamagotchi. Mañana no sé…

Estoy en el punto medio entre la adicción y el abandono, ya veremos quién gana.

En la próxima entrada...
Crónicas de Tamagotchi 4: La derrota

martes, 6 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 2: La Pérdida

Tenía 15 años en ese otoño de 1997. Recuerdo bien esos días con mi Tamagotchi. Me la pasaba contemplándolo a todas horas. Llevándolo de aquí para allá, alimentándolo cuando era necesario y presumiéndoselo a todos. Aun así nunca conseguí que uno llegara a la edad adulta. Por "X" o por "Y" se me morían. En otras ocasiones, cuando la mascota virtual en cuestión crecía en forma de bicho feo y dejaba de ser agradable ala vista, reseteaba el Tamagotchi.

Sin embargo ese mes con Tamagotchi me la pasé bien. El aparatito superó mis expectativas hasta el punto de volverme un enajenado. No fui el único. A menudo me encontraba en la calle con otros dueños de Tamagotchis que tampoco se apartaban de ellos ni un minuto. Incluso salieron a la venta una gran cantidad de copias piratas. De pronto casi todo mi entorno se vio rodeado de aparatitos parlanchines. Y digo "casi todo" porque en mi prepa (tenía unas semanas de haber entrado) parecía que el único emocionado con el tema era yo.

Como ya he mencionado varias veces fui a una preparatoria religiosa. Al venir de la sección secundaria en la que sólo había varones, la mayoría de mis compañeros buscaban cualquier pretexto para lucirse y hacerse los interesantes con nuestras compañeras de nuevo ingreso. Todo lo que tuviera que ver con juguetes, incluidas las mascotas virtuales, era cosa de niños inmaduros, y por lo tanto, su propietario blanco de burlas y señalamientos. Aun así me arriesgué. Diario lo llevaba al escuela, y con el atraía la atención de mis compañeras de clase, que se acercaban a conocer el novedoso aparatejo. A los hombres el Tamagotchi les valía un pepino, o eso creía. Un martes saqué mi Tamagotchi en plena clase para darle de comer. No era la primera vez, así que no esperaba que causara mayor sorpresa. Por desgracia, los típicos pesados que nunca faltan me lo arrebataron y amenazaron con no dármelo. No dije nada más para no ocasionar problemas y que el maestro en turno me castigara. En el descanso le pedí a esos pelafustanes que me lo devolvieran. Y nada. Uno a otro se echaban la bolita sin que me dijeran donde estaba mi juguete. Así hasta la salida.

Al otro día les pregunté y se hicieron los desentendidos. Empecé a creer que aquella broma iba muy en serio. En un intervalo me acerqué a un compañero que se llevaba bien con los malandrines y le pregunté si sabía quién tenía mi Tamagotchi. Por respuesta obtuve un "lo destruyeron" que sonó a disculpa. No pregunté ni quise indagar más. Me fui al baño a tragarme mi coraje. No podía entender en qué diablos les afectaba a esos niños estúpidos el que yo tuviera un Tamagotchi, mucho menos qué los llevó a romperlo. ¿Por qué carajos no respetar a los demás? Tanto ahorrar para nada... ¡Qué ganas de encontrarme a esos idiotas y ver si ahora se atreven a hacerme lo mismo!

No permití que ellos me vieran enojado. Fingí que no me importó. Al poco tiempo me enamoré de una de las chicas que chulearon mi Tamagotchi y un mes después la hice llorar. La pérdida de ese aparatito en cierta forma marcó el final de mi niñez. Nunca volví a interesarme ni a saber nada de mascotas virtuales en los próximos 14 años.

En la próxima entrada...
Crónicas de Tamagotchi 3: El retorno

domingo, 4 de diciembre de 2011

Crónicas de Tamagotchi 1: La llegada

No estoy del todo seguro, pero habrá sido por ahí de 1997 cuando escuché por primera vez el término "Tamagotchi". Fue en una estación de radio en la que hablaban con emoción de estos aparatitos que funcionaban como mascotas virtuales a las que se tenía que alimentar, cuidar y limpiar para que siguieran vivas, de no hacerlo correctamente podía deprimirse, enfermarse y hasta morir. Vaya, incluso hacían popó.

Después de escuchar ese programa quería uno de esos aparatos. Pasaban los días y tanto en radio como en televisión empezaban a mencionar cada vez más a los mentados Tamagotchi. Decían que eran la sensación a nivel mundial, que en Japón la gente incluso llegaba a tener problemas en su escuela o trabajo por lo mucho que llegaban a distraerse cuidándolos. Hasta existía el rumor de que hubo quien llegó a suicidarse por la muerte de una de sus mascotas virtuales. A mis 15 años todo eso sonaba fascinante.

No paso mucho tiempo para que los viera en una tienda. Costaban 350 pesos. Una fortuna para alguien cuyo único ingreso eran los 15 pesos que recibía diario para gastar en la escuela. No sé ni cómo diablos le hice, pero entre ahorros y lavadas de auto junté esa suma en tiempo récord. En tres semanas cuando mucho (sábado en la tarde, me acuerdo bien) fui con mis papás a la sección de juguetes de un supermercado y elegí mi Tamagotchi. Una especie de llaverito en forma de huevo con una pantalla en el centro y tres botoncitos para seleccionar, elegir y cancelar funciones. Emocionado quité el cartoncito encendió por primera vez el dispositivo. Fascinado vi como en la pantalla apareció un huevo que en poco tiempo empezó a moverse hasta que de su interior surgió una criatura virtual semejante a un cuadrito con ojos y boca que se movía alegremente de un lado a otro.

La fiebre Tamagotchi me había atrapado.

Así inicio la primera de cuatro crónicas en las que los Tamagotchi me han acompañado a largo de mi vida.

En la próxima entrada...
Crónicas de Tamagotchi 2: La Pérdida

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Soñé con Espinoza Paz



Hace un par de años en éste blog les conté sobre la facilidad que tengo para soñar varias cosas mientras duermo, y recordarlas al día siguiente. En ese post les mencioné algunos sueños, como por ejemplo cuando estuve en Hogwarts, o canté con Alex Ubago y Alejandro Sanz. No vamos muy lejos, la noche de anoche soñé que estaba en San Cristóbal de las Casas, y que dejaba olvidado ¡mi sanitario! en casa de una amiga. Sin embargo, el día de hoy les quiero confesar algo, hace unos días… soñé con Espinoza Paz.

Sí, el cantante y compositor de música de banda que ahora está de moda.

No fue nada sexual, ni se emocionen. Más bien fue como ver una película de acción y aventura. Pues bien, en mis sueños, me encontraba en una reunión de amigos en una especie de cafetería dedicada a la venta de CupCakes (el lugar de hecho existe, se llama CupCake Lovers y está cerca de la estación de Metrobús Patriotismo en el DF). Al poco tiempo acompañé a mi amigo Ángel Vázquez al exterior del local para que fumara un cigarro. En esas estábamos platicando cuando a lo lejos vimos acercarse a un hombre con pinta de ‘pocos amigos’. Una especie de Cholombiano que daba miedo nada más con verlo. Pausa a la narración. Si usted no sabe que es un cholombiano, de clic aquí. Quitamos la pausa y sigo mi narración. De repente que me dice Ángel…

- Ese que viene ahí, es de los Zetas.

No sé cómo, pero ambos sabíamos que el cholombiano narcotraficante se dirigía a la tiendita de los cupcakes. Una persona normal y sensata se hubiera ido corriendo sin dudarlo, pero nosotros hicimos lo contrario, entrar al cafecito para ver qué pasaba. Así lo hicimos. Una vez adentro, llegó el Zeta Cholombiano. Que ya no era uno, sino tres. Quién sabe en qué chingado momento se multiplicó. El caso es que los maleantes sacaron sus cuernos de chivo y empezaron a amenazar a todos los presentes. A mí no me dio miedo porque soy valiente. Después de unos minutos más de intimidación, los cholombianos zetas del narcotráfico decidieron secuestrar a un señor. Lo sacaron a empujones y lo subieron en una camioneta. Cuando giré la cabeza para ver la cara de mi amigo me llevé la sorpresa de que Ángel ya no era Ángel, sino que se había transformado en Espinoza Paz, el cantante. Den clic aquípara que vean una de sus canciones.

Los malos se escapaban con el secuestrado cuando le dije a mi amigo Ángel que ya no era Ángel sino Espinoza Paz.

- Hay que seguirlos.
- Sí, hay que rescatarlo.
Me contestó Espinoza Paz antes Ángel.

Entonces lo seguimos, pero no en auto, no en bicicleta, no en moto… sino corriendo. La persecución llegó hasta Avenida Viaducto. Mientras los malos iban en su camioneta por el asfalto, nosotros corríamos por las jardineras laterales. Ya casi los alcanzábamos cuando de repente me frené en seco y le pedí a Espino Paz que también lo hiciera y guardara silencio. A lo lejos sonaba "El próximo viernes", uno de los éxitos de Espinoza Paz.

-Ya oíste, están tocando tu canción. Dije.

Y Espinoza Paz que se conmueve y empieza a llorar porque ‘que orgullo que yo, que era un campesinito humilde pueda ahora llegar con mis canciones hasta los oídos del público, de verdad es un orgullo que me den la oportunidad de que con mis letras y música llegué hasta sus corazones’. Todavía balbuceo más cosas, pero con su llanto ya ni le entendí bien. Sólo recuerdo que mencionó a su abuelita. Fue tan conmovedor el momento que un montón de gente se acercó, nos rodeó y empezó a aplaudir.

- Bueno ya, vámonos que tenemos que luchar con los Zetas. Dije decidido.

Y sin decir una palabra más ni despedirnos de los presentes, nos echamos a correr. Tres segundos después ya habíamos alcanzado a los Zetas Cholombianos, que por cierto, ya no eran tres sino como 15, y además de ir en una camioneta iban en motos. Cuando estuvimos bien cerca del contingente de narcos, Espinoza Paz gritó ¡Saltemos! Y lo obedecí (no fuera a llorar otra vez). En la caída, cada uno iba pegándole en el aire a los zetas motociclistas. Incluso Espinoza Paz usó su sombrero como boomerang que lanzaba para tirar Zetas y regresaba a su poder.

Como Espinoza Paz y yo somos hombres de acción y aventura, además de que estamos ‘bien dados’, íbamos parados cada quien en una moto. Repito, parados en el asiento, hasta la fecha no encuentro cómo se manejaban solitas. Al estar a la altura de la camioneta saltamos hacia la única ventana que estaba abierta. No podíamos entrar y corríamos el riesgo de caer, pero los Zetas del interior de la narco-camioneta nos ayudaron para que pudiéramos abordar. Apenas en el interior comenzamos a golpearlos. Eran un montón, quién sabe cómo cabían tantos en un solo auto, pero aun así, había mucho espacio para pelear. Les ganamos bien rápido. Quitamos al conductor del volante y lo aventamos por la puerta, en el sueño nunca supe si se murió. Bueno, entonces nos dimos cuenta de que en el vehículo iban los rehenes, que ya no era uno, sino como 20.

Con nuestra nueva camioneta los llevamos de regreso a la cafetería de los cupcakes, donde las personas rescatadas, sus familiares y nuestros amigos hicieron una fiesta en nuestro honor. Y ya, desperté siendo una persona común y corriente. Ese tipo de cosas sueño a diario, y eso que ya no ceno tanto como antes.

“…y nos fuimos a pasear por el mundo, dejando atrás las tinieblas y el mal, soñando con reír y ser felices. Y contentos, por haber vencido a la muerte, aunque sólo sea por un momento”
- poema de Gloria Trevi recitado al final de la película Zapatos Viejos.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Sailor Moon y yo (parte 2 de 2)


“Cuando me levanto en la mañana, veo como el viento mueve las cortinas, blancas como la nieve. El reloj cucú suena para decirme que ya son las 7. Y entonces mamá grita -¡ya levántate o llegarás tarde a la escuela! Le contesto a medio dormir -¡por favor déjame dormir tres minutos más! Todos los días llego tarde a la escuela y la maestra me hace estar parada en el pasillo. También saco malas calificaciones en los exámenes. Después de clases, comemos hot cakes, y quedamos fascinadas con los vestidos de fiesta que están en los aparadores de las grandes tiendas. Me encantaría volver a tener una vida así… me encantaría…”

Aunque dejé de ver Sailor Moon por años, el monologo anterior nunca se me borró de la cabeza. Es de Serena, quien después de haber enfrentado una cruel batalla en la que las otras cuatro Sailor Scouts murieron, habla sobre su deseo de tener una vida normal. Éste fue el final de la primera temporada, y quizá era la escena que más recordaba de toda la serie. A pesar de eso, nunca volví a mostrar demasiado interés en ese anime… hasta hace poco, cuando me reencontré con Serena y compañía.

Cuando mi novia aun no era mi novia, en cierta ocasión me platicó que una de sus caricaturas favoritas era Sailor Moon. Un par de años después me marcó una noche para contarme que una tía le había conseguido la serie completa. Confieso que me emocioné. Al revisar los DVD’s no faltaba ni uno. Estaba la primera parte, Sailor Moon R, Sailor Moon S, Sailor Moon Súper S y Sailor Moon Stars. Las cinco temporadas listas para verse. Con la llegada del fin de semana comenzamos lo que llamamos ‘Maratón de Sailor Moon’. Ese primer viernes vimos cinco capítulos, al otro día seis y el domingo dos.

En cuestión de tres semanas terminamos de ver la primera parte. Con Sailor Moon R tardamos un poco más pero también la acabamos. Actualmente vemos Sailor Moon S y hay veces en las que quisiéramos devorar más capítulos y llegar hasta el final.

Cambió mucho mi perspectiva de esta serie animada que vi por primera vez hace casi 15 años. En esa época añoraba la llegada del amor, ahora lo tengo de forma tangible y real. Estudiaba y me agobiaba por tonterías; hoy trabajo y me enfrento a la vida y sus verdaderos problemas. Sin embargo, sigo siendo sensible al romanticismo. En el fondo, ese niño tímido, torpe y enamoradísimo no me ha dejado del todo. En cuanto a la estructura de la caricatura, la recordaba algo simple, boba y repetitiva. No podía estar más equivocado. Con esta nueva revisión la encuentro fascinante. Con un manejo envidiable del sentido del humor y la caricaturización, personajes bien estructurados, y una historia que comienza simple y conforme pasan los capítulos y las temporadas se va volviendo más compleja e incluso obscura.

A la par de nuestros maratones de Sailor Moon, revisé en Wikipedia la trama completa y quedé asombrado. No recordaba que fuera tan extensa. Mucho menos que los personajes fueran evolucionando y madurando tanto, para muestra la misma Serena, que con el paso de las pruebas del destino se va forjando como la gran líder de las Sailor Scouts. Con saltos al futuro, peleas inolvidables y escenas llenas de tensión y heroísmo he vuelto a caer preso de una fiebre que estaba dormida dentro de mí.

Ahora disfruto más la serie, no sólo por la mágica compañía de mi novia sino porque tengo elementos para entenderla mejor. Ahora he revalorizado a los personajes y sus circunstancias. Ya no considero a Rei tan enojona, al contrario, se me hace la que más carácter y convicción tiene; a Lita la consideraba como la más guapa, después comprendí que su exceso de fuerza en realidad la hacían la menos femenina, por más que ella también anhelara lo que cualquier chica de su edad; la misma Amy, que me parecía mojigata, ahora me parece la más equilibrada y dueña de una calma siempre necesaria cuando se sortean pruebas difíciles. Y así podría enumerar cómo va cambiado mi opinión de cada uno de los personajes inmiscuidos.

En su momento no lo percibí, pero la serie habla también de temas algo vedados para la época como la homosexualidad, los celos de una madre a una hija por la preferencia del padre, la crueldad de la muerte o la crudeza de la traición. Sin embargo la serie transmite grandes valores. El apostar por la lealtad de la amistad, y anteponer la vida misma por el amor está presente constantemente a lo largo de los poco más de 200 episodios .

Me emociono con la aparición de cada personaje y de cada una de las Sailor Scouts que van surgiendo. Plutón (la Saiolor más solitaria), Urano y Neptuno con su peculiar relación, y Saturno; esta última siempre me inquietó y llamó la atención por el misterio, la fragilidad y la lucha que el bien y mal sostenían en su interior. Ni que decir de Darien, Rini y su inocencia o Chibi Chibi. En fin, que podría seguir hablando de esta serie que sigue rompiéndome el corazón. Ahora ya no importa que la gente se entere que vea la serie, ya no temo las burla que recibí en la secundaria y mucho menos el qué dirán. En el post pasado dije que ‘era’ fanático de Sailor Moon, hoy puedo decir que lo soy. Por lo pronto seguiré disfrutando con mi novia de nuestros maratones de Sailor Moon.

Por cierto, tanto hace 15 años como ahora, la canción de cierre sigue haciendo que la piel se me ponga chinita. Con ella me resulta imposible no acordarme de la dueña de la serie. Soy un romántico sin remedio, que le vamos a hacer.


martes, 22 de noviembre de 2011

Sailor Moon y yo (parte 1 de 2)


Hace más o menos un año, en éste blog les conté como mi educación sentimental proviene de las caricaturas. Desde que era niño, veía los dibujos animados fijándome más en las historias de amor y desamor de la trama, que en las batallas o peleas que en teoría, deberían ser las que me emocionaran. Sin embargo, en ese post omití (no sé si por error, pena o simplemente quería guardarme el secreto muy para mí) el nombre de una de las series que más laceraron mi corazón ya no de niño, sino de adolescente ‘enamorado del amor’. Señores, confieso que fui fanático de Sailor Moon.

La primera vez que vi esta caricatura iba en segundo de secundaria. A diferencia de mis compañeros que escuchaban música de rock, jugaban deportes bruscos y hacían chistes vulgares de las mujeres, yo vivía en un mundo muy ajeno al de ellos. Mi cotidianeidad no era anhelar ser el mejor en algún deporte (aunque ya desde esa época me gustaba mucho el futbol), ser el que mejor peleará a golpes o tener el record de manosear muchachas, no, lo que yo añoraba con toda el alma era enamorarme. Verme reflejado en los ojos de alguien más y escuchar de sus labios que para esa persona yo era importante. Escuchaba a Fey, pero sólo sus canciones tristes o cargadas de miel. Jugaba a ser un héroe pero centraba mis historias en obtener el corazón de le heroína y no en derrotar a los malos, los cuales la mayoría de las veces actuaban sólo como escenografía para hacer lucir más el romanticismo.

No estaba enamorado de nadie en especial, es más, ni siquiera convivía con mujeres debido a que mi escuela era sólo para varones. Por cierto, detestaba estar en el colegio, pues ahí sólo encontraba lo contrario a lo que buscaba: labergones que casi no hablaban de ‘ellas’ y cuando lo hacían, era para referirse a ellas como objetos de los cuales sólo se podría obtener satisfacciones sexuales. Por eso prefería no participar mucho en sus conversaciones, y probablemente a eso se debió que en esa época no tuviera muchos amigos. Para colmo, si bien antes (e incluso después) fui un estudiante de buenas calificaciones, algo pasó que comencé a bajar notablemente mis calificaciones. La verdad, es que estaba demasiado ocupado en pensar en el amor, que lo demás me parecía poco importante. En esas tardes en las que añoraba estar en mi cuarto, único lugar en el que podía darle rienda suelta a mi mente, descubrí por accidente el primer capítulo de una caricatura poco conocida en México. El que sintonizara justo ese canal, en el momento en el que esta iniciaba fue una casualidad afortunada.

Así vi por primera vez un episodio de Sailor Moon. De inmediato me identifiqué con Serena, una estudiante de secundaria algo distraída, cuyas calificaciones no eran nada buenas y que deseaba conocer al chico de sus sueños. Una chica en apariencia común y corriente, un tanto inmadura y torpe. Ese primer capítulo termina cuando Serena descubre que en realidad es una Sailor Scout y que su deber es luchar por el amor y la justicia. Gracias a los poderes que Luna (una gata que habla) le revela, Serena aprende a transformarse en una heroína que librará temibles batallas contra horribles criaturas que quieren apoderarse del alma de las personas. Quitando los poderes y el traje de marinera… Serena era mi versión en niña.

Desde entonces mis tardes se cubrían de nostalgia. No sé porque cada capítulo de Sailor Moon me ponía triste. Poco a poco la serie fue agregando personajes. Otras cuatro jóvenes en apariencia normales descubrieron que también tenían poderes y se unieron a Serena para proteger al mundo. Así conocía a las sailors Mercurio, Marte, Júpiter y Venus. Disfrutaba las partes en las que la historia se centraba en la acción, pero era en los momentos románticos en donde realmente quedaba atrapado por la trama. Sailor Moon misteriosamente era salvada por un extraño y elegante sujeto llamado Tuxedo Mask. Poco a poco entre ambos personajes comenzó a surgir un entrañable romance que varias veces me hizo llorar. Serena nunca sospechó que la identidad de aquel paladín justiciero era la de Darien, un chico que la molestaba cada que se encontraban. Sé que pueden leer esto y pensar que era una ridiculez conmoverse por una historia así, pero en verdad me pasaba.

Llegué a sentir tanto apego por esta caricatura que me imaginaba mi propia versión de la historia en la que Sailor Moon era hombre. Hasta comencé a comprar las figuritas de las sailor scouts que sacó la marca de juguetes Bandai. En una ocasión se me ocurrió llevármelas a la escuela en la mochila. En un descuido mis compañeros las descubrieron. Por cerca de un mes recibí todo tipo de burlas. Me dijeron homosexual, afeminado, que esas cosas ‘eran de viejas’, etc. Y yo con ganas de responderles a gritos que aquella serie no era para niñas, sino para personas con alta sensibilidad al amor. Lo cual, ahora que lo leo, también me hubiera ocasionado un sinfín de burlas. Aun así no me importó. Seguí viendo religiosamente cada episodio. Disfrutando cuando la trama se centraba en el amor y la amistad.

Así pasé dos años.

Vi gran parte de la serie a la que llegaron muchos personajes nuevos.

Entré a la prepa que ahora ya era mixta.

Conviví con más mujeres. Si bien el amor seguía proyectándoseme como algo que no comprendía por lo menos mis enamoramientos ya tenían nombres y rostros. Fui perdiendo el interés de a poco en Sailor Moon. Sentía que cada capítulo era lo mismo: destruir al malo que quiere apoderarse del diamante, corazón o alma de una persona pura, siempre usando el mismo truco… y ya.

Un día ya no vi Sailor Moon, y aunque ocasionalmente me acordaba de la serie no volví a mostrar demasiado interés en ella…

hasta hace poco… cuando me reencontré con Serena y compañía…

sábado, 19 de noviembre de 2011

Pinche Buen Fin


Nunca me ha gustado ir de compras. Mucha gente en las tiendas, probarse cosas, tomar la decisión de que llevar y que no, caminar por los centros comerciales sin encontrar lo que se quiere, buscar el mejor precio. En fin, para mí es un martirio. No comprendo a las mujeres, y menos a los hombres, que disfrutan pasar horas probándose ropa y recorriendo aparador tras aparador. Por eso, cuando no me queda otra opción y tengo que ir a comprar algo a un almacén, prefiero hacerlo en días y horas poco comunes. Lunes por la noche, o miércoles por la mañana, por ejemplo. Esta antipatía a las compras es la que pensaba me mantendría a salvo de la fiebre de consumismo de éste fin de semana.

Una vez más me equivoqué.

A lo mucho tendrá un mes que me enteré del Buen Fin. Una dinámica impulsada por el gobierno y la iniciativa privada para reactivar la economía nacional, y en la que durante un fin de semana entero, muchas tiendas y comercios tendrán descuentos y promociones especiales en sus productos. Para facilitar el flujo de dinero, varias dependencias gubernamentales adelantaron una parte del aguinaldo a sus trabajadores. Tal y como sucede en Estados Unidos o en las grandes capitales europeas, se pretende instaurar el Buen Fin como una costumbre anual que genere ingresos significativos.

Lo anterior me provocaba sentimientos encontrados. Por un lado las ofertas y oportunidades de pago pueden significar una buena oportunidad para que la población pueda comprar varios productos sin gastar tanto. Aunque también es un abuso forzar a la gente a gastar antes de tiempo. Habrá quien no se pueda controlar, se endeude más de la cuenta y la cuesta de enero le llegue antes de tiempo.

Redacto éste post en pleno Buen Fin. Desde el 18 (ayer) y hasta el 19 de noviembre los promocionales en medios de comunicación no dejan de invitarnos al consumismo de una manera tan insistente, que incluso a mí, que soy un Grinch de las Compras me hicieron querer ir al centro comercial más cercano y comprarme algo. Por más que en días anteriores jurara y perjurara que nada me haría querer ir a desembolsar el poco dinero que tengo, terminé por sucumbir a la tentación.

Ayer desde muy temprano varios compañeros del trabajo hablaban de lo lleno que ya estaban los centros comerciales. Incluso a uno de ellos le habló su mamá, que estaba en una tienda, para preguntarle qué pantalla de plasma le convenía más comprar. Por la tarde decidí ir a ver de cerca el fenómeno provocado por el Buen Fin. Llegué al centro comercial y lo encontré a reventar. Era un viernes por la noche y aquello parecía domingo por la tarde. Los pasillos, las escaleras y cada una de las tiendas estaban llenísimas. Personas cargando cajas de aparatos eléctricos, bolsas con ropa y filas enteras para sacar dinero de los cajeros automáticos. Si bien la inmensa mayoría de los locales anunciaban ofertas, eran contadas las que valían la pena.

Entré a la tienda de discos. Todos los discos compactos nacionales estaban a 99 pesos. Tome dos. Entonces dude sin comprarlos o no. De pronto me entró remordimiento por unirme a esa vorágine de compra-venta. Entré al Sanborns. Vi más discos. Y libros. Y hasta celulares. Me pasé a otra tienda deportiva. La ropa Adidas también estaba de oferta. Fui a más almacenes. Más ofertas se me iban metiendo a la cabeza. De pronto me sorprendí haciendo cálculos de cuanto gastaría si me compraba tal o cual cosa que honestamente no necesitaba. Entonces vino el mareo. Tanta gente. Tantas filas. Tantas bolsas. Tanto barullo me comenzaba a desesperar. Tuve que salir de la plaza a tomar aire. Mi alergia a las compras había vuelto.

Decidí retirarme sin comprar nada. A medio camino decidí regresar. Algo me hacía sentirme mal por ser el único idiota que no aprovecha las grandes oportunidades que ante mí se mostraban. De mala gana volví a la plaza comercial que para ese entonces era un hormiguero. Me puse de mal humor. Los compradores compulsivos que me rodeaban me causaban repulsión y odio. No compartía su felicidad por gastar. Me sentía pobre y miserable. Al final para no sentirme raro compré dos discos. Con el descuento sólo pagué 190 por ambos. Quién lo diría, después de todo sí ahorré. Aunque también me sentí culpable por no haber sido fuerte y haber caído en el jueguito del gobierno.

Aun en el camino de regreso me topaba con personas felices, llenas de cajas y bolsas que sabrá Dios cuando acabarán de pagar. Mi enojo con el mundo seguía. Pinche Buen Fin, me hiciste caer en tus garras. Ahorita todos te aman, pero verás cómo te odiarán más que yo cuando lleguen los primeros recibos de pago.

En fin, ya liberé mis traumas. Ojalá y su historia durante éste Buen Fin sea diferente a la mía. Aunque algo bueno me dejó todo esto, me hice de este disco que desde hace semanas quería, y que la verdad está muy bueno:


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Redactor Web (mi nuevo trabajo)

Hace poco más de 10 meses me corrieron de mi último trabajo... por tuitear. Desde entonces pasé muchos, muchísimos días en la incertidumbre del desempleo. Administrando la liquidación que recibí y que por más esfuerzos que hacía se me iba como el agua.

Una entrevista por aquí, otra por allá, varios ‘nosotros te hablamos’ que a la mera hora no se concretaban sabrán Dios por qué. Recibir ofertas de trabajo risibles y francamente ridículas bajan la moral de cualquiera. Así viví casi todo el 2011. Intentando ver la cara buena de la vida aunque el destino se empeñara en ocultármela. Presionado por la gente que me rodea, escuchando comentarios acerca de mi conformismo y mi flojera, como si uno eligiera estar desempleado y desperdiciar hora tras hora sin pena ni gloria. Porque eso sí quiero dejarlo bien claro, cuando alguien no tiene trabajo muchas veces no es porque no quiera, sino porque simplemente no encuentra. Cuando alguien hacía comentarios referentes a mi situación o me calificaba de ‘nini’ me daban ganas de gritarle que se pusiera en mi lugar, ahí dónde cada domingo sabe igual que un martes o un viernes. Ahí donde lo único que se pide es una oportunidad para dejar de dar lastimas y sentirse útil.

A pesar de lo anterior creo que manejé bien la situación. Me prometía no perder la fe en el futuro y me decía que los cambios vienen por algo. Gracias a varias personas que siempre estuvieron apoyándome o tratando de conseguirme algún empleo (se los agradezco con el alma) es que me pude sostener sin volverme loco o traicionar mis ideales. Justo cuando me resignaba a terminar el año en la miseria y literalmente me quedaban 100 pesos en la bolsa las cosas cambiaron. Fue una tormenta difícil en la noche, pero el amanecer en calma pinta mucho mejor. Ahora tengo un nuevo trabajo, soy redactor web.

Y no de cualquier web, sino de uno que tiene un elevado número de visitas y que es una de las favoritas de éste país. Colaboro con el titular de esa página y con otro grupo de redactores para generar un contenido ameno, divertido e interesante. Tengo un horario que si bien me hace levantarme temprano me permite salir a la hora en la que todos están comiendo y prácticamente me permite tener la tarde libre. No está muy lejos de mi casa, el ambiente en la oficina es bastante relajado y amigable. Además (y muy importante) puedo ir vestido como quiera, porque eso de ponerme un incomodo traje a diario sigue sin dárseme.

Y así son ahora mis días.

Y escribo. Me pagan por eso y aunque no sea mucho me reafirma el sueño de que en éste país es posible hacer lo que a uno le gusta y ser remunerado por ello. También es un buen lugar para aterrizar y poner los pies en la tierra. Para darme cuenta que en esto de expresarse con las letras aun soy un principiante. Muchas veces batallo con el inglés, otras me doy cuenta que quizá no soy tan buen escritor como pensaba (ocasionalmente se me va algún dedazo o escribo frases sin coherencias). En fin, aprenderé. Es un pequeño paso hacia el futuro que me quiero forjar.

No les diré del todo en donde estoy, pues quiero mantener un tanto separado mi desempeño en ese trabajo de mi actividad en éste blog (y viceversa), pero les dejaré una pista…


Nos seguimos leyendo por acá y por allá.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Blake Mora: Mi versión ficticia de los hechos


Sé qué en estos casos lo aconsejable es no especular. En nada contribuiré soltando al aire conjeturas en las que carezco de toda certeza. Por eso prefiero hacerlo a modo de ficción, como si todo fuera un cuento cuyo final, por desgracia, es más real de lo que todos quisiéramos.

Viernes 11 de noviembre del 2011. Cerca de las 9 de la mañana el helicóptero en donde viaja el secretario de Gobernación, José Francisco Blake Mora, sin explicación alguna cambia de ruta y sale de los radares. A las 11:30 de la mañana comienzan a correr el rumor que después se confirma: el helicóptero se estrelló y fue hallado en un cerro del Ayaquemetl, en las inmediaciones de Amecameca, en el estado de Morelos. La noticia perturba a la sociedad mexicana. Se vuelve inevitable relacionar éste accidente con el que hace poco más de tres años le costó la vida a Juan Camilo Mourinho, el entonces también secretario de Gobernación. A estos incidentes, se suman otros percances de funcionarios del gobierno en accidentes en aéreos.

Cuesta pensar que todo fue obra casualidad. Que dos secretarios de Gobernación hayan muerto en situaciones similares, en el mismo mes y bajo un aura de misterio da mucho que pensar. Qué si el narco, qué si los intereses políticos, qué un mal mantenimiento de las aeronaves, que si el clima. Acá está mi versión. No pretendo confirmar nada, sólo contar la causa de ese accidente de un modo fantasioso pero, por qué no, posible.

A raíz de su lucha contra el gobierno, el narco busca dar golpes significativos, mostrar que si las autoridades les cierran el camino y merman sus fuerzas operativas, ellos también son capaces de dar golpes certeros. El crimen organizado se vale de una mafia que, a pesar de los esfuerzos por depurar las esferas del poder, siguen impregnadas en una bien estructurada red de corrupción. Una de las formas de infiltrarse es la amenaza.

Imagino que algunos de los tripulantes de ese helicóptero días antes comenzó a recibir amenazas. De algún modo se sintió cercado. Pensemos. Qué sucedería si uno de nosotros es intimidado y se nos pide hacer algo a cambio de salvaguardar la vida de nuestros seres queridos. Qué tal si por semanas los familiares, cuentas bancarias o propiedades de quienes esa mañana abordaron el avión fueron monitoreados para saber dónde y cómo presionarlos. Bajo la primicia de "tu vida o la de tu familia" cualquiera se la pensaría.

El amenazado recibiría instrucciones precisas de cómo actuar una vez que se encontrarán en el aire. Quizá iría armado y nadie lo vería como algo raro (recordemos que en el helicóptero iba un escolta con permiso para portar armas de uso exclusivo del ejército). Una vez en el aire, en el momento indicado el tripulante infiltrado sacaría el arma, amagaría al resto de los pasajeros y obligaría al piloto a desviar el vuelo de rumbo. Después de horas de tensión, en un acto kamikaze daría la indicación de estrellar la nave en un punto hasta cierto punto desolado, así, los cuerpos de emergencia tardarían en llegar.

Lo anterior puede sonar fantasioso, pero recordemos que pensar en alguna falla en el helicóptero, o que esta fue provocada por algún tercero se antoja complicado. La nave tenía apenas unos días de haber sido sometido a revisión y siempre estuvo resguardado en los hangares militares.

Esta sólo fue una versión muy poco aproximada a lo que sucedió esa mañana. Todos tenemos nuestra historia de lo que pensamos ocurrió, esta fue la mía.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Querido y odiado enemigo (carta al América)



Querido y siempre odiado Club América:

Nunca pensé que te escribiría una carta a ti, el más odiado de los rivales. En realidad creo que ni siquiera tendría por qué estarme metiendo en un problema en el que aparentemente no tengo incumbencia. Me presento. Soy un aficionado más al futbol, seguidor de toda la vida al Atlante, equipo que representa casi todos los ideales opuestos a ti. Nuestra cuna pobre e historia llena de traspiés, nada tiene que ver con tu riqueza y suntuosidad. Es en honor al recuerdo de lo que casi siempre has sido, por la que redacto estas líneas. Para que te mentirte, extraño esas batallas en las que vencerte resultaba un reto. Juegos en los que el orgullo estaba por encima de todo y cuyo resultado me dejaba marcado por días. Ya fuera coraje o alegría, un Atlante-América nunca podría dejarme indiferente.

Por desgracia, enemigo mío, esa sensación ha ido cambiando. De un tiempo acá te noto cambiado, decaído. Como si parte de tu espíritu se hubiera esfumado. Enfrentarte ya no viste como antes. La ilusión de doblegarte ha dejado de tener la intensidad de otras épocas. Y no te lo niego, me duele. Fastidia saber que desde hace tiempo estás enfermo de intereses y conflictos internos. ¿Qué sería del futbol sin rivalidades, sin alguien a quién odiar y desear pasarle por encima en cada oportunidad? Creo coincidir con los aficionados del resto de los equipos, en que echamos de menos a ese América ganador, aquel equipo que se detesta con el corazón, pero al que se le respeta por su historia.

La liga mexicana no podría entenderse sin su antagónico de siempre. Para hablar de futbol en éste país es obligatorio referirse a tus títulos, a tus rivalidades, a tus jugadores emblemáticos y a tus colores. También está esa afición a la que tantas veces les he mentado la madre en un estadio, gritándoles un gol de mis Potros o aguantando sus burlas. Todo el americanismo en conjunto necesita despertar de su letargo. Retomar el camino de lo que solían ser, y entonces sí, volver a despertar la animadversión que sólo ustedes provocan.

No pretendo homenajearte con estas palabras. Al contrario, quiero que reacciones para cuando vuelvas a ser el de siempre, gritarte cada gol en la cara y celebrar burlonamente las victorias sobre ti. Quiero que vuelvas a ser grande por tus resultados y no porque una ridícula campaña mercadológica lo dice. Quiero que tus soberbios seguidores vuelvan a tener motivos para ser arrogantes, y así callarles la boca sin que una de tus malas rachas opaque el resultado.

Pocos equipos te han enfrentado tanto como el Atlante. Ambos son viejos conocidos, no por nada nacieron en el mismo año. Han sido 96 años de enfrentamientos, de un juego que tiene la etiqueta de clásico y que al menos para mí, siempre ha sido importante. Te necesitamos para que seguir alimentando esta historia.

Espero te cures pronto… nos veremos en la cancha. Y tan enemigos como siempre.


Atte.
Un Atlantista

lunes, 7 de noviembre de 2011

Todas las familias felices




Terminé de leer ‘Todas las familias felices’ de Carlos Fuentes, libro de relatos (o cuentos), una de las últimas creaciones del renombrado escritor mexicano. Y saben, me gustó.

De Carlos Fuentes podrán decirse muchas cosas, como los grandes creadores tiene seguidores, y sobre todo, detractores. Obviamente no me corresponde a mí juzgar la calidad de un autor del que yo quisiera ser al menos la mitad de talentoso. Lo que sí, es que ‘Todas las familias felices’ posee todo el estilo Fuentes. Relatos elaborados, ricos en descripciones y juegos de palabras, un manejo envidiable de los detalles y finales abiertos.

Cada uno de estos relatos muestran diferentes accidentes (¿o así es normalmente?) que diferentes familias van sufriendo: Odio, deseos de revancha, amantes, divorcios gay, reencuentros, relaciones que el poder corrompe, etc. Salvo un par de cuentos que caen en lo repetitivo o que no terminan por desarrollarse plenamente, el libro entretiene, en ocasiones te sacude y hasta deleita por su versatilidad: lo mismo narra una historia en un crucero por el mediterráneo, en un lujoso apartamento en la Ciudad de México o en las ruinas de Monte Albán en Oaxaca.

Mención aparte merecen los ‘coros’ que se intercalan entre narraciones. Estos versos libres nos adentran aún más en la realidad que viven las familias latinoamericanas (delincuencia juvenil, problemas con las ‘maras’, la noche de bodas, los niños de la calle). La mayoría crudos, algunos humorísticos. Al final sólo una constante prevalece: No hay familias perfectas, de cualquier manera todos tenemos algo decoroso (o rencoroso) que contar.

Un buen libro, recomendable para todos. Léanlo y luego me cuentan.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Esas mariposas misteriosas



“La casualidad se puso el disfraz de una
mariposa”

-
Mariposa, La Oreja de Van Gogh


Tan raro como ver llover en diciembre. No debe ser común toparse con mariposas en pleno otoño, y menos casi a punto de la llegada del invierno. No soy experto en insectos, y aunque lo fuera, prefiero verle el lado romántico y excepcional a las cosas. Aunque me desconcierte, quiero pensar que el toparme por lo menos una vez al día con mariposas de todos los colores y tamaños, durante el último mes tiene un significado.

Saliendo de mí casa. Al pasear al perro en el parque. Mientras camino por calles conocidas y desconocidas. En la pared de algún edificio. Al conducir. En el momento menos esperado se me atraviesan volando y me apartan de mis pensamientos. En un principio pensé que era obra de la casualidad y no le di la mayor importancia, después me resultaba simpático, ahora me confunde. Dicen que soñar con mariposas es señal de que vendrán cambios, otros afirman que traen consigo buena suerte o anuncian la llegada de una visita esperada. ¿En mi caso qué significa toparme con varias de ellas?

Una mariposa representa la metamorfosis. Un nexo entre la vida, la muerte y el renacer. Por lo visto no soy el primer “perseguido” por mariposas. Indagando sobre el tema me he topado con testimonios de personas que también ven mariposas de manera frecuente (sobre todo de colores claros), las cuales tienen el común denominador de haber perdido a alguien importante en su vida. Existe la creencia de que por medio de las mariposas quienes ya se han ido nos hacen saber que nos protegen. Y eso también me pone a pensar. Sé que estos encuentros no son normales. Carecen de lógica y me hacen elaborar conjeturas que luego desecho por inverosímiles.

¿Vendrá un cambio en el rumbo de mi vida?, ¿las cosas cambiarán para bien?, ¿se aproximan buenos tiempos?, ¿alguien está muy al pendiente de mis pasos?, también pienso que pueden ser advertencias… de momento sólo espero saber descifrar el mensaje y hacer lo correcto. El universo está hablándome y quiero entenderle. Hay muchas coincidencias en la vida, pero cuando se repiten constantemente, están dando un claro mensaje sobre algo. Por lo pronto seguiré mi vida acompañado de ellas y con una certidumbre que no puedo dejar de mencionar: cada que las veo me dan mucha paz.

lunes, 31 de octubre de 2011

Lo que aprendí de Guadalajara 2011



La mañana está nostálgica, y presiento que así será el resto de la tarde. Prendo el televisor y ya no hay competencias en televisión. No más juegos de polo acuático, partidos trepidantes de voleibol de playa o sesiones de atletismo en las que me era imposible levantarme y hacer otra cosa. Aunque las primeras planas de los periódicos me confirman que lo sucedido durante las últimas dos semanas no fue un sueño, a veces siento que todo me lo inventé. Y es que fue casi perfecto.

Estar triste y a la vez orgulloso. Quién piense que es imposible poder tener ambos sentimientos al mismo tiempo es porque no vio los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011. Y no vibró. Y no se dio cuenta que éste evento fue simplemente inolvidable. Desde la fastuosa inauguración del 14 de octubre pasado, hasta la clausura del día de ayer todo fue impecable. Momentos aleccionadores de los que aprendimos varias cosas:

1. Que a pesar de las grillas políticas y las dudas, los Juegos Panamericanos pudieron llevarse a cabo y de una manera que nadie sospecho, superando con creces cualquier expectativa. Gracias a las autoridades federales y estatales, pero sobre al público y a los cientos de voluntarios que con su dedicación se volvieron el alma de Guadalajara 2011.

2. Que no hay imposibles. Que pensar en unos juegos olímpicos en Guadalajara ya no suena descabellado. Dicen los que saben que la organización, las ceremonias de apertura y clausura, y escenarios deportivos de estos Panamericanos no le piden nada a los de cualquier Olimpiada o Mundial celebrado recientemente. Y yo les creo. Al menos la impresión que tuve al ver las transmisiones por televisión es la misma: se estuvo a la altura.

3. Que Guadalajara está más hermosa que nunca. Si ya de por sí era una metrópoli mexicanísima y con el equilibrio justo entre tradición y modernidad, en estos juegos lució radiante. Daban ganas de caminar entre sus calles y recorrer todos esos espacios ricos en cultura, de belleza arrebatadora que fueron adornados por días llenos de sol y cielo azul.

4. Que no todo en la vida es futbol. Descubrir que puedo emocionarme con una gran infinidad de deportes fue una agradable sorpresa. Básquetbol, tae kwon do, clavados, balonmano, tiro con arco, ciclismo, raquetbol, boxeo, natación, o gimnasia rítmica, entre otros, que hicieron que el mosaico deportivo de cada día fuera imperdible. De pronto la gente y los medios dejaban de hablar del futbol, del americano y de la serie mundial de beisbol, para hablar de las competencias panamericanas y de los atletas que frente a los ojos del continente se convertían en leyendas.

5. Que pese a todo, el deporte mexicano sigue vivo. A pesar de que en su mayoría estos logros son por esfuerzos personales, siempre emociona ver que un connacional triunfe y ponga el nombre del país muy en alto. Nada como ver ondeando la bandera y escuchar el himno nacional después de una gesta deportiva.

6. Que de nuevo, las mujeres mexicanas pusieron el ejemplo y atrajeron la mayor cantidad de medallas de la delegación mexicana. Nombres como el de Paola Longoria, Cinthya Valdez o Paola Espinoza infunden ya respeto y admiración de la afición. Uno de los grandes tesoros de México son sus mujeres. Siempre luchonas, siempre valientes.

7. Que la afición completo la fiesta de manera brillante. El apoyo no sólo a los competidores mexicanos, sino al de todas las delegaciones hizo de estos juegos una fiesta. Un ambiente de primera en el que se respiraba cordialidad.

8. Que para ser anfitriones los mexicanos nos pintamos solos. Siempre abrazamos a los visitantes con calidez y alegría. Esta vez la ciudad tapatía y sus habitantes demostraron que con civilidad y sumando voluntades es posible dejar una profunda huella en el corazón de quienes vinieron a los Panamericanos. ¿Cuántos cientos de corazones habrás enamorado Guadalajara?

Dos semanas después, México terminó en cuarto lugar del medallero con 42 preseas de oro, 41 de plata y 50 de bronce, logrando así su mejor participación en la historia de estos juegos. Cayó el telón de Guadalajara 2011. Despedimos al continente con una lágrima en los ojos, pero con una imborrable sonrisa, muestra de la satisfacción que da el deber cumplido. Un orgullo ser mexicano.

Adiós Guadalajara 2011. Bienvenido Toronto 2015.

martes, 25 de octubre de 2011

Soy tu fan (segunda temporada)



Hace más de un año (mayo del 2010) en éste blog les hablé de 'Soy tu fan', una nueva serie que recién se había estrenado en OnceTv México. En aquel entonces era un proyecto que no muchos televidentes conocían, y que a la postre se volvió en todo un suceso, incluso llevó a la cadena MTV transmitió integra la primera temporada. Cada vez éramos más quienes nos enganchábamos semana a semana con la historia de amor de Nico y Charly. En un abrir y cerrar de ojos, los 13 capítulos llegaron a su fin dejando varias tramas abiertas, y a la audiencia con ganas de más. Por fortuna la semana pasada (miércoles 19 de octubre) se estrenó el primer capítulo de su segunda temporada…

… y se desató la locura. Cientos de comentarios alusivos en redes sociales, niveles de audiencia nunca antes visto en Canal 11 y críticas 100% favorables, confirmaron que Soy tu fan regresó más fuerte que nunca.

La historia parte unos meses después del desenlace de la primera temporada. Charly entra a trabajar, mientras se enfrenta a los retos de su nueva vida profesional, comienza a madurar y dejar de ser la joven alocada de la primera parte. Por su parte, Nico afianza su relación de pareja, comienza a considerar formar una familia y se encuentra en un período de su vida un tanto establo. Sin verse desde hace tiempo, el destino vuelve a unirlos de una manera poco convencional cuando una conocida en común los reúne. ¿Cómo les explico que cuando se dio éste encuentro me emocioné como si aquel momento me estuviera pasando a mí? A partir de ahí las cosas se enredan de nuevo, trayendo consigo momentos románticos, tristes y hasta graciosos, pero sobre todo momentos reales y completamente posibles. En eso radica el encanto de esta serie. No nos vende amores perfectos ni cuentos de hadas; no hay personajes malos ni buenos, sólo personas que intentan abrirse paso en la vida a pesar de los tropezones.

Es de lo más fácil identificarse con varios de los protagonistas y con las circunstancias que los rodean. Todos nos hemos enamorado alguna vez de quienes menos pensamos, nos hemos enfrentado a la confusión de un corazón que no sabe hacia dónde ir o hemos sentido la necesidad de hacer volver al pasado. ‘Soy tu fan’ nos recuerda que las grandes historias están en la vida cotidiana, en un grupo de amigas incondicionales, en un enamorado del amor que cuida plantas, en un actor desempleado que intenta ser el apoyo de una futura madre embarazada, o en una pareja de chicas que aprenden a quererse de otro modo.

- Eres como Nico, el personaje de Soy tu fan. Ya he perdido la cuenta del número de veces que me han dicho esta frase en el último año. Al principio de la serie no me hacía mucha gracia que digamos. Después, con la evolución del personaje fui cambiando de opinión. Si como muchas mujeres dicen ‘todas las mujeres quisieran tener un Nico en su vida’ entonces creo que tal comparación es un cumplido. No es el más guapo, ni tiene el mejor trabajo o el mejor cuerpo, vamos, ni siquiera es fiestero. Un hombre bueno que cuando se enamora se entrega de forma sincera y es capaz de cambiar al mundo por ella. Complemento ideal para Charly y su carácter explosivo. Agua y aceite que gracias a la fuerza del amor a veces logran complementarse. Así me pasó a mi.

Un guión ingenioso, actuaciones entrañables y bien construidas, las locaciones adecuadas y el acertadísimo repertorio musical, hacen de una idea original argentina un producto muy mexicano. Cada dialogo y escena transpira el estilo de vida del México actual y sus calles. Todo se confabula para que espere con ansias saber si por fin el amor de Nico y Charly logra sobrevivir a las dudas. Quedan además muchas preguntas, nuevos personajes y muchos conflictos por formarse. Sólo sé que lo mejor está por comenzar y desde ya estoy mordiéndome las uñas.

La segunda temporada de “Soy tu fan" se transmite los miércoles a las 22:30hrs por Oncetv, con repeticiones los domingos a las 23:00hrs. Si no la han visto no saben lo que se pierden.


viernes, 21 de octubre de 2011

El sueño de un bloggero, por 50 pesos



En la actualidad, uno de los sueños más comunes entre las personas en edad laboral, es el de hacer lo que más nos gusta y que además de todo, nos paguen por ello. Utopía que sólo un reducido número de afortunados logra hacer realidad. Éste anhelo no es ajeno a los blogueros, quienes (para que nos hacemos güeyes) secretamente guardamos la ilusión de que alguien llegue y nos retribuya económicamente el tiempo y esfuerzo que invertimos para mantener con vida un blog.

Por lo anterior, no pude dejar pasar de lado una vacante que encontré por internet en una de mis búsquedas de empleo. La empresa Zankyou solicitaba un “Blogger, redactor, escritor”. Obviamente, por curiosidad y también con algo de ilusión, le di clic. Lo primero que solicitaban eran el envío vía mail de nuestro currículo, así como la URL de nuestro blog. Al menos con éste primer paso cumplía sin problema alguno, así que seguí leyendo los siguientes requisitos:

Duración: Aplicará un mes de prueba para obtener la vacante.
Jornada: Por resultados
Tipo de trabajo: Honorarios y desde casa. Debe tener disponibilidad de presentarse en oficina al menos 1 vez por semana para asistir a reuniones de equipo.
Carrera: Ciencias de la comunicación, periodismo, organización de eventos, mercadotecnia... afines.
Sexo: Femenino
Edad: 24-35 años (preferencia)

¡A toda madre! me dije. Sólo debía presentarme una vez a la semana en la oficina y el resto del trabajo podría hacerlo en casa. Además, si bien no soy William Shakespeare, estoy seguro de que en ese mes aprueba podría demostrar mis capacidades y competir más que dignamente por la vacante. Estudié Ciencias de la Comunicación y mi edad encaja a la perfección con la requerida. El único problema era que no soy del sexo femenino, pero bueno, estaba convencido que mi talento sería suficiente para resarcir ese pequeño inconveniente. La cosa seguía gustándome, la verdad me encontraba animado. Continúe con la parte que hablaba de las responsabilidades del puesto. De ser contratado, debería elaborar artículos sobre bodas y todo lo relativo a ellas, para ser publicados en una revista online.

Como experiencia pedían tener un buen estilo de redacción, ortografía excelente, tener un blog actualizado (mínimo 20 veces al mes) y que se encontrara bien posicionado en los buscadores. El aspirante debería usar más de tres redes sociales (incluyendo Twitter, Facebook y Google+). Además de conocimientos en Wordpress, Blogspot, Google Docs, Flickr, Picasa, Hootsuite, Google Analytics, Adwords, Webmaster Tools, Adobe y en Gadgets. Gran parte de esta experiencia y conocimiento los tengo, y los que no sin problema alguno podría aprenderlos y manejarlos a la perfección. Al fin y al cabo, lo importante (modestia aparte) que es escribir y generar contenido se me da, y muy bien.

Ingenuamente empecé a imaginarme viviendo de mi creatividad, cumpliendo el sueño de ser un bloggero pagado. Por desgracia, el desencanto me cayó como una losa pesadísima cuando vi el salario ofrecido: 50 pesos por post.




Después del impacto inicial lo primero que alcancé a exclamar fue “mejor miéntenme la madre”. Quienes tenemos un blog más o menos decente, sabemos el trabajo que conlleva escribir una entrada de blog. Se invierte tiempo, creatividad, dinero y esfuerzo. Algunas veces hasta se debe desarrollar una investigación sobre el tema a escribir. Vamos, los post no son panes para hacerlos en serie, uno detrás de otro. Tardó aproximadamente hora y media en escribir un post de éste blog, aunque en algunas ocasiones me he llevado hasta tres días. Díganme sí es justo ponerle un precio tan bajo al posteo en blogs. Para mí es un insulto. ¿Y qué, cuántos post tengo que escribir al día para tener un sueldo más o menos decente? ¿Tan mal valorado está la creatividad en éste país? Por desgracia alguien caerá y tomará el puesto, haciendo que diversas empresas sigan aprovechándose de la necesidad de los demás, y de paso malbaratando el oficio de escritor.

Con 50 pesos a duras penas alcanza para una comida corrida. Con 50 pesos de gasolina no se llega a ningún lado. 50 pesos por pasar horas sentado frente a una hoja en blanco, moviendo palabras para encontrar el mejor ritmo y armonía en el texto. Perdón, pero una cosa es buscar ganar el sustento con esfuerzo y humildad, y otra el regalar el trabajo. Lo siento señores de Zankyou, quédense con sus 50 pesos, mi sueños y conocimientos vale más que eso.

Espero que algún día se las cosas cambien y deje de verse a la escritura como un esfuerzo menor. Seguiré buscando trabajo…

martes, 18 de octubre de 2011

Bacalar



“Nacimiento del cielo” es el significado prehispánico del nombre de esta pequeña ciudad, que se dice, es poco menos que el paraíso terrenal. Ubicado a 35 kilómetros al noroeste de Chetumal, Bacalar se encuentra a orillas de una bellísima laguna homónima de 55 kilómetros. Desde hace tiempo vengo siguiéndole la pista. Nombrado 'Pueblo Mágico' en el 2006, Bacalar y sus paisajes de ensueño, es uno de los destinos que tengo pendiente por conocer. Por eso, cuando me enteré de la existencia de una película mexicana llamada “Bacalar”, y cuya filmación en su mayoría se llevó a cabo ahí, supe que tenía que verla.

Patricia Arriaga, creadora de exitosas series para OnceTV México como “Bizbirije” o “El Diván de Valentina”, es la escritora, productora y directora de esta cinta para niños. La trama principal gira en torno al tráfico ilegal de especies animales en México. Bien documentada, nada pretenciosa y con una fotografía impecable que hace resaltar aun más la belleza natural de Bacalar y sus alrededores, la historia comienza cuando tres crías de lobo mexicano (especie en peligro de extinción) son robadas de la reserva federal en San Luis Potosí y llevadas ilegalmente hasta Bacalar, punto que por su ubicación geográfica facilita a los traficantes la salida del territorio mexicano de especies protegidas por la frontera sur. En medio de esta enredada red de corrupción terminan inmiscuidos Santiago y Mariana, dos amigos que de forma fortuita, jugando a ser agentes investigadores descubren y filman las actividades del grupo delictivo, comenzando así una emocionante aventura que poco a poco va transformándose en un thriller infantil que lo mismo tiene al filo de la butaca a niños y adultos.

Podría parecer una historia sencilla: salvar a los lobitos y librarse de los malosos. Sin embargo, a la par de la ligereza del guión, varias sub tramas complementan y le dan a la película una perspectiva más madura. La relación padre e hijo, el valor de la amistad, la superación de una discapacidad, el recuerdo de una madre ausente, y sobre todo la importancia de ‘siempre creer’ hacen de esta producción una obra aleccionadora. No todo el cine mexicano tiene que estar basado en violencia y drogas, ni estar ambientado en ciudades grises ni plagadas de groserías. Con Bacalar regresan esas ganas de mostrar paisajes inimaginables, de emocionarnos y hacernos recapacitar de los tesoros que la naturaleza nos ha regalado. Sin grandes presupuestos, sin abusar del uso de efectos especiales y con un casting inteligente basado en el talento se demuestra que una buena idea y las ganas y dedicación por llevarla a cabo son suficientes.

Si son fanáticos de las series infantiles de Canal 11, Bacalar no les decepcionará. La narrativa, manejo de tiempos y originalidad de las entregas televisivas permanecen, y gracias al lenguaje cinematográfico se expanden y alcanzan niveles notables. Por algo Disney fue coproductora y distribuidora de la cinta. Vayan al cine y véanla en familia. Repitan la experiencia que yo viví al salir contento y emocionado después de ver una película infantil muy disfrutable y con mensaje.

En cuanto al poblado de Bacalar y su laguna de diversas tonalidades azules le pido que me siga esperando. Prometo no tardar, a la menor provocación me lanzó a la aventura de conocerte.


sábado, 15 de octubre de 2011

La inauguración de los Juegos Panamericanos Guadalajara 2011, en imágenes

Unas horas después de la inauguración de los Juegos Panamericanos sigo con la piel chinita. La distancia no fue impedimento para que siguiera la ceremonia por televisión. Y fue fastuosa, elegante, ágil, memorable. Un evento que sorprendió a propios y a extraños, con una calidad a la altura de cualquier inauguración de Juegos Olímpicos. México vuelve a sorprender al mundo. Qué orgullo y que felicidad que de nuevo se demuestre que en éste país, con voluntad y creatividad somos capaces de cualquier cosa. De la noche mágica de ayer podría escribir millones de palabras y no le haría justicia a la belleza de lo visto y escuchado, mucho menos creo poder transmitir esa emoción que inundó el corazón de los miles de televidentes.

Me doy por vencido. No narraré lo acontecido. Una imagen vale más que mil palabras. De Guadalajara para el mundo, aquí un recuento gráfico de la inolvidable noche de anoche.














jueves, 13 de octubre de 2011

La fiesta de América, en México. Guadalajara 2011 (tan lejos y tan cerca)

Por azares del destino, escribo éste post en la Universidad Anáhuac, Campus Sur. Sentado en una mesa del área de alimentos, con la mirada puesta en el teclado de mi BlackBerry. A mi alrededor van y vienen los estudiantes universitarios. Aunque soy mayor que la inmensa mayoría de los presentes, estoy seguro de pasar inadvertido entre ellos. Escucho de todo, risas, pláticas sobre economía y política, debates sobre las mejores clases y hasta historias amorosas. Se habla de todo, menos de lo que al menos a mi éste día me tiene ilusionado.

Resulta paradójico que bajo éste cielo nubladísimo y el frío intenso que asola esta parte de la Ciudad de México, nadie repare en lo que está por pasar en unas horas. A cientos de kilómetros del DF el ambiente debe ser muy diferente. Un ambiente colorido, los nervios y las ansias de que empiecen ya las próximas dos semanas en dónde México será el centro de atención del continente. Comienza a llover justo cuando me digo que me encantaría estar ahí, justo en el epicentro de la acción. Ahí dónde nacerán leyendas y se gestarán hazañas épicas. Ahí, en Guadalajara, sede de los Juegos Panamericanos 2011.



En parte le doy vida a éste texto para curarme la envidia que me provocan quienes están en la sede panamericana. Ya sea deportistas, espectadores o medios de comunicación. Esa adrenalina a menos de 24 horas del inicio de la ceremonia de inauguración de un evento de esta magnitud pocas veces se puede sentir. Si yo estoy emocionado, por más que el entorno parezca no estar ni enterado del fiestón que tendrá lugar en nuestro país, no quiero ni imaginar lo que sentirá cada uno de los atletas que están por entrar en competencia, cargando el orgullo y peso del país a sus espaldas.

Siempre he sido un apasionado de los grandes eventos deportivos, máxime si nuestro país es la sede. Aun no nacía cuando México DF fue sede de los Juegos Olímpicos de 1968, ni tampoco cuando se organizó el Mundial de Futbol de 1970. Tenía 4 años cuando de nuevo tuvimos otro Mundial en casa, en 1986. Por eso mi desesperación ahora que se avecinan unos Juegos Panamericanos y no estaré ahí.

El año pasado fui dos veces a Guadalajara Quedé prendido de ella. Supongo que ahora debe estar aun más hermosa. La Perla Tapatía será visitada por un gran número de turistas de todo el mundo, y contemplada por millones de televidentes. Sé que encantará a más de uno y que como siempre hacemos en México, recibiremos a nuestros hermanos de América con ese calor y hospitalidad que se nos escapa del cuerpo. Atrás quedará Vázquez Raña y su prepotencia, la politiquería que amenazan la logística de Guadalajara 2011 y la desorganización. El milagro mexicano de encontrar un orden dentro del desorden volverá a suceder.

Cae la noche en la Ciudad de México. Súbitamente sonrío. Esta gran festividad no sólo es para Guadalajara. Es la forma en la que México le dice al mundo que estamos de pie y más vivos que nunca. A pesar de nuestros problemas es mucho más lo que tenemos que ofrecerles. Con los brazos abiertos les damos la bienvenida a nuestros hermanos de toda América.

¡Qué comiencen los Juegos!

Termino el post. Tomo la botella de agua y a la distancia brindo por Guadalajara 2011. Ya me saboreo lo que está por comenzar.

Universidad Anáhuac del Sur
Octubre 13 de 2011

lunes, 10 de octubre de 2011

Ilusiones y realidades de un circo




En toda mi vida sólo había ido una vez al circo. Tenía unos siete años, fui con mis papás y todo me pareció mágico. Por eso, en base a ese recuerdo, aquel plan de viernes en la tarde parecía una buena opción. Llegaron hasta mis manos un par de cortesías para ir a una de las funciones en el Circo Hermanos Vázquez, y no lo pensé dos veces. Volver al circo me ilusionaba.

Ese día llegué una hora antes del inicio de la función. Acompañado por mi novia recorrimos los alrededores para matar el tiempo. Nos tomamos fotos con las esculturas de los elefantes, compramos unos dulces y nos formamos en la fila para ingresar. Fue justo ahí, mientras estábamos en la cola cuando vino el primer desencanto. Un trabajador del circo salió con una llama y un poni, hermoso par de animales a los que los niños podían, bajo una cierta cuota, acercarse para acariciarlos, montarlos y tomarse con ellos la foto. Fue ahí cuando Tania, la cual desde niña ha sido fanática de los circos y los ponis, se emocionó y se dirigió corriendo hacia él. Estuvo un par de minutos con aquellos bellos ejemplares hasta que horrorizada regresó y angustiada me pidió que me fijara en una de las patas traseras del poni. No sé si la tenía fracturada o sólo lastimada, pero el pobre animalito apoyaba lo menos posible su patita en el suelo, por lo que la tenía semi flexionada. La situación se tornó más angustiante cuando la familia de un niño gordo pagó para que su retoño montara al pobre poni. Tania se entristeció y quería irse. Yo comenzaba a desencantarme.



Poco después la fila avanzó. Ingresamos al área de alimentos y después al interior de la carpa. Nos sentamos en una butaca cercana a la pista del escenario. En mis recuerdos infantiles, las dimensiones de un espacio como aquel eran mucho más grandes. Aun así, la afluencia de espectadores era, a mis ojos, insuficiente. Uno suele imaginarse un sitio así lleno de familias felices, y en cambio, el contraste con aquellas gradas semivacías y frías daba al ambiente un toque de abandono y melancolía.



Para cuando inició la función la entrada no mejoró mucho. Sólo el 40 o 45 por ciento de los lugares estaban ocupados cuando la banda de música ocupó uno de los costados del escenario, y abrió el espectáculo con una movida melodía. La mayoría de aquellos músicos rondaban de los 50 a los 60 años. A pesar de la distancia, no era difícil darse cuenta que portaban trajes gastados y maltratados. Apareció el maestro de ceremonias y captó la atención del respetable. Un grupo de bailarinas y trapecistas animaron el momento. Renacía la ilusión con cada nuevo acto con los que los artistas de distintas nacionalidades circenses nos arrancaban suspiros y ovaciones.

El programa siguió. Malabaristas, un grupo de simpáticos perros que libraban obstáculos o una par de ingeniosos payasos llevaron mis pensamientos hasta un detalle en el que nunca había reparado. Operativamente hablando, un circo como ese requiere de un gran número de gente trabajando para hacerlo funcionar. Los costos de sueldos y alimentación de los trabajadores, la renta del espacio en el que se monta el circo, la manutención de los animales y una infinidad de gastos más, sin duda deben ser bastante elevados como para obtener ganancias con entradas de 50 personas por función, en dónde muchos de los asistentes entramos con cortesías. Sin hacer demasiadas matemáticas no me resultó difícil descubrir el por qué estos tradicionales circos de carpa poco a poco han ido desapareciendo. Detalles como los vestuarios de los artistas o el descuido de las butacas y alfombras evidenciaban que, financieramente hablando, aquella compañía circense no pasa por sus mejores tiempos.

Así llegó el intermedio. Con cierta tristeza salí a la dulcería por un par de bebidas a la dulcería. En el pasillo que une la carpa con la dulcería se exhiben varios recortes de periódico con reportajes sobre dedicados al Circo Hermanos Vázquez, los cuales hacen más nostálgico el ambiente. Pedí una botella de agua y un refresco. Para mi sorpresa los vasos para la Pepsi (no había Coca) estaban atiborrados de hielos, y la bebida no la obtenían de alguna máquina como en los cines, sino de una botella de dos litros. Pagué 25 pesos por un refresco que a lo mucho tendría 300ml de gaseosa y el resto de hielo. Además, la mayoría de los artistas llegaron hasta las gradas a vender narices de payasos, diademas brillantes y productos alusivos al circo a precios francamente elevados. Supongo que gran parte de esta industria se sostiene de la venta de alimentos y souvenirs.

Regresé a mi lugar. El semblante de mi novia había cambiado. Triste volteó a verme y señaló lo que sucedía en el escenario. Un pequeño hipopótamo se encontraba sobre una base de madera. Cada que aquel mamífero bebé quería bajarse uno de los encargados del circo lo impedía. Sin ser un experto en animales creo que el ambiente árido de la pista en la que estaba no era el adecuado para un animal que debe pasar la mayor parte del tiempo en el agua. Acompañando al pobre hipopótamo se encontraba el poni y la llama. Quienes desearan podían pagar para tomarse la foto del recuerdo. Aquellos minutos presenciando la mirada triste de aquellos animales fueron eternos.

Inició la segunda parte de la función. Si bien algunos números hacían que riéramos o nos admirásemos, el mal sabor de boca seguía ahí. Llegó el número del domador de tigres. Cuatro felinos irrumpieron en la jaula mientras el domador los amedrentaba con ayuda de su látigo. Tres de ellos atravesaron aros de fuego, se paraban en dos patas o se elevaban en una jaula. El cuarto, lastimosamente apenas y podía moverse. Era un tigre débil. Quizá viejo, o muy enfermo, o ambas. Después de su participación los tigres salieron en una pequeña jaula. No puedo imaginar lo triste de esa vida, de la jaula a los latigazos y viceversa. Una indignación similar sentí cuando unos jinetes de origen asiático daban vueltas en la pista mientras sus jinetes hacían acrobacias. De nuevo los latigazos se hicieron presentes. Por momentos, sufríamos en lugar de disfrutar. Mi novia se quejaba. Nuestros vecinos de butaca mejor se cambiaron de lugar para no escucharnos.

Casi una hora después, el presentador anunció el final de la función con un número en el que todos los artistas agradecían la presencia del público. De nuevo comenzó la venta de productos y fotos con los animales, incluido un cachorro tigre que dudo llegue a conocer algo más que la pequeña jaula en la que duerme. Salimos del circo con un sentimiento agridulce. Los campers y las jaulas de los animales contrastan con lo que debería ser un mundo fantástico. De dos a cuatro funciones por día. Siete días a la semana. Sin descanso para los trabajadores. Sin descanso para los animales. Aunque me alejé de aquel circo mi cabeza sigue en el circo, uno de tantos que hay en el mundo. ¿De parte de quién me pongo, de la de los animales indefensos, de la de los artistas que se ven aman su estilo de vida y seguramente viven al día, o de la de los empresarios que defienden la tradición de un circo de éste tipo, y que generan empleos?

Ese viernes el circo no dejó indiferente a su público. La mayoría salió feliz. Los niños sonreían y hablaban emocionados de lo que acababan de presenciar. Otros pocos buscábamos esa ilusión infantil para anestesiarnos de una realidad que nadie quiere ver.