lunes, 27 de mayo de 2013

Poesía de un hombre solitario

 
“Yo ya no quiero, no, yo ya no quiero  
seguir todas las noches vigilando 
cuándo voy a dormirme, cuándo.
Yo lo que quiero es que pase algo,
que me muera de veras
o que de veras esté fastidiado,o cuando menos que se caiga el techo
 de mi casa un rato”.
- Fragmento de "A estas horas, aquí", de Jaime Sabines.  
 1. La poesía y yo

Tengo una relación extraña con la poesía. Si bien nunca he sido un gran lector de este género literario, sí tengo algunos libros que me gustan mucho, sobretodo de exponentes de la lengua española. Quizá no sea nada del otro mundo, pues mis gustos son de lo más predecibles: Mario Benedetti, Jaime Sabines, Pablo Neruda o José Emilio Pacheco, por citar algunos.

Lo confieso, me gustan mucho más los versos libres a los rimados. Supongo que eso de andar contando silabas y haciendo cuadrar la métrica tiene una parte matemática que nunca me resultó del todo atractivo.

2. La poesía y la música

Supongo que mi primer acercamiento a la poesía fue con la música. En algún momento de mi vida (en mis primeros años de preparatoria) el amor, o más bien, la búsqueda de él, hicieron que comenzara a prestarle especial atención a la letra de las canciones. No me llevó mucho tiempo descubrir que aunque hay canciones escritas simplemente para divertir o darle sentido a un ritmo en particular, hay otras, cuya fuerza lírica era capaz de llevar mi conciencia hacia otros rumbos. Esta sensación sólo la experimentaba cuando leía.

Un día ya lejano compré una antología poética de Jaime Sabines. Así relacioné el mundo musical y el poético. Deduje que para saber si la letra de una canción era buena o mala, había una prueba infalible: recitarla a modo de poema. Si sonaba bien y seguía provocando emociones, es que la letra realmente era buena.

Después vinieron mis intentos por escribir poesía. Al principio lo hice con rimas y versos obteniendo siempre resultados desastrosos. Después probé con la prosa, aunque jamás le di vida a nada sobresaliente.

3. La maestra Lourdes

Llegaron los años en la universidad. Recuerdo que una de las materias que curse a mitad de la carrera estaba orientada a la literatura poética. Las clases eran impartidas por la maestra Lourdes, una viejecita apasionada por su clase que nos hacia leer poemas de amor y a la que confieso, solía desesperar junto con mis amigos Isaac y Ángel. Siempre estábamos platicando entre nosotros y todo nos causaba risa, como a los tontos. Varias veces la maestra nos sacó del salón, pero aunque no lo parecía, la apreciábamos.

En algún momento la engañamos preguntándole si conocía al poeta chileno Sebastián González (en realidad nos referíamos a “Chamagol”, famoso jugador del Atlante en ese entonces) y le recitamos un supuesto poema suyo, que en realidad era una porra futbolera:

“Cómo no te voy a querer…
cómo no te voy a querer,
si llevo azul en las venas…
y de color grana es mi corazón”

A la profesora le gustó tanto el “poema” que nos prometió buscar más sobre ese poeta chileno, que repito, no existía.

4. A estas horas, aquí

En algún momento del semestre la profesora organizó un concurso sobre declamación poética en el que todos deberíamos participar. Al principio aquello no me llamó mucho la atención, hasta que me cayó el veinte que una de las chicas que me gustaba estaba conmigo en esa clase y pues quise impresionarla. Me puse a buscar e

ntre mis libros un poema lleno de romanticismo, que me hiciera quedar como un tipo bohemio, romántico e interesante. Entonces me topé con “A estas horas aquí”, de Jaime Sabines, y decidí que ese poema iba mejor conmigo.

Me lo aprendí en un día. Aquellas palabras describían cómo me sentía justo en aquel momento de mi vida. Llegó el momento de recitarlo frente a todos mis compañeros, y lo hice con todo el sentimiento del que fui capaz.

Este es el poema, leído el propio Sabines:



Según yo, recité aquel poema de una manera excepcional. Y creo que así fue, pues todos me miraban atentamente y creo que hasta conmovidos. Entonces la profesora Lourdes hizo un comentario que marcaría mi vida:

- Muy conmovedor Revelo. Esto que acaba de recitar su compañero, es una poesía para los hombres solitarios…

Bastó aquel comentario para que todos estallaran a carcajadas. Para nadie era un secreto que en ese tiempo añoraba el amor, por lo que la observación de la maestra le causó mucha gracia a mis compañeros.  Me puse rojo y acepté mi derrota sabiendo que le debía varias a Lourdes.

No gané el concurso de poesía, ni el poema que recité tuvo los efectos deseados (gracias al comentario de la maestra).

5. Poesía para sobrevivir

Año y medio después, ya en el último semestre de la carrera, mi situación sentimental era aun más caótica. Los dos intentos que tuve por encontrar el amor resultaron una catástrofe. Estaba por salir de la universidad y esto lo veía como el punto final a una fallida historia de amor. Unas semanas antes de que terminara las clases, me compré un disco de canciones inéditas y rarezas de Alejandro Sanz. Empecé a leer la letra de esas canciones a modo de poemas. Me conmoví demasiado y quise escribir algo similar. Pase los siguientes días escribiendo pensamientos que pensaba, eran lo más aproximado a poesías.

Al final el amor se me escapó y sufrí mucho, pero esos pensamientos amorosos escritos torpemente por mí me mantuvieron a flote. Muchos de ellos los he publicado en este blog, junto con otros que he ido escribiendo durante los años siguientes. La mayoría los podrán leer dando clic aquí.

6. La poesía que nunca se calla.

Ya no suelo escribir poesía (o intentos) con tanta regularidad. Sin embargo sigo buscando poemas en las letras de las canciones y adquiriendo de vez en cuando algún libro de este género literario.

Hace poco me enteré que la maestra Lourdes había fallecido. Entonces entendí que había disfrutado su clase, y que aquellas palabras que me dijo después de que recité “A estas horas, aquí” las dijo sin malicia.

Ahora me causa gracia su comentario, y sí, tenía razón, aquella poesía es de un hombre solitario. Ese que soy, que he sido. 


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